La Niebla

Es normal que algún día amanezca nublado aquí en Viña del Mar, especialmente cuando es invierno. Sin embargo, esta niebla parecía diferente. Era espesa, casi parecía que podías tocarla. El día que llegó la niebla, la ciudad parecía invadida por el silencio de un pueblo abandonado y, a diferencia de otras veces, la niebla no pareció moverse en semanas.

Hoy en día, hay quienes aún sienten miedo cuando amanece nublado. Tienen miedo de que sea esa misma niebla. Pocas personas la recuerdan. Yo soy una de ellas.

Foto: Ciudad Viña del Mar, Chile

Recuerdo bien el primer día que apareció. A pesar de que era lunes, el silencio era como de domingo. Las calles estaban un poco más vacías de lo normal. Hasta el guardia del edificio donde vivo, quien siempre me saluda al salir por las mañanas, no estaba en su puesto.

Al llegar a la oficina noté que varios cubículos estaban vacíos. Algunos compañeros se habían ausentado por indisposición.  Esa fue la primera señal, pero en el momento no parecía nada grave.

Anochecía cuando finalmente salí del trabajo. La niebla seguía allí. Las pocas personas que transitaban por la calle caminaban apresuradas a sus casas y la espesa niebla se paseaba entre ellas. De hecho, era tan espesa, que por momentos daba la impresión de que desaparecían dentro de la densa nube.

Aunque no sentía frío, la niebla producía más bien escalofríos. Tal vez esa era la razón por la que las personas parecían huir de ella.

Esa noche no lograba dormir. A pesar de sentirme agotada, algo me mantenía despierta, tal vez eran los aullidos de algunos perros que se escuchaban en la lejanía. Mi madre siempre decía que era un mal augurio cuando los perros aullaban de esa manera. Posiblemente era el estrés del trabajo, me dije, pero sabía que no era eso. Era algo más, pero no estaba segura de qué.

Me sumergía en un letargo de a ratos y luego no sabía si había estado durmiendo o no. Pasé horas así, hasta que el grito de una mujer me sacó de mi entresueño. Me levanté para asomarme por la ventana pero, al retirar las cortinas, me encontré de frente con una nube blanca que no me dejaba divisar la calle.

Fui a la sala y abrí la puerta del balcón para ver si lograba distinguir dónde se encontraba la responsable de aquel terrible grito, pero me recibió una desagradable sensación. No sabría describirla, pero algo en la niebla me daba miedo. Como si en todo momento estuviésemos envueltos por un monstruo blanco que espera atacar. No se lograba ver nada a través de la espesura blanca. Volví a la cama y esta vez sí logré conciliar el sueño.

Al despertar, tuve la sensación de no poder moverme aunque no lo había intentado. Esta duró solo unos pocos segundos, pues de inmediato sonó la alarma y mi mano se dirigió automáticamente para alcanzar mi celular. Fue como si ese reflejo hubiese desactivado lo que me impedía moverme. Cuando me levanté, noté que mi cuerpo dolía como si hubiese hecho ejercicio el día anterior y se lo atribuí a las pocas horas de sueño que había logrado a duras penas. Aparté las cortinas por curiosidad y la capa blanca seguía allí.

Cuando salí del edificio me puse la capucha para intentar protegerme de la niebla y caminé lo más rápido que pude. Había poco tráfico y luego me di cuenta de que también había muy pocas personas en las calles.

Al llegar al trabajo pude notar la ausencia de más compañeros que el día anterior. De las ocho personas de mi equipo, ese día solo asistimos cuatro. Todos lucíamos cansados y fue inevitable mencionar mi terrible noche de sueño.

-«Al menos lograste dormir algo.»- Me respondió Tamara, una de mis compañeras. -«Yo tuve… tan mala experiencia que ya no quise dormir, así tuviese sueño.»- Y la verdad es que ella lucía peor que todos.

-«¿A qué te refieres con mala experiencia?»- Le pregunté mientras recordaba el grito de la mujer que había escuchado. -«Pues…»- Tamara nos miró a todos y luego suspiró. 

-«Esto solo me había pasado un par de veces cuando era adolescente. Justo en el momento en que me estaba quedando dormida, mi cuerpo se tensaba y comenzaba a sentir un hormigueo, como cuando se te adormece una pierna, pero como si esa sensación se expandiera desde los pies a la cabeza. Permanecía allí sin poder moverme, con un sentimiento de pánico. No tenía noción de cuánto tiempo había pasado, parecían horas. La segunda vez que me sucedió, vi la figura de un hombre que entraba a mi habitación. Era como una silueta oscura que caminaba muy lento hacia mi cama. Esto me pasó hace tanto tiempo que sólo lo recordaba como un mal sueño… Al menos eso parecía… hasta anoche. Anoche volví a sentir el hormigueo, el mismo miedo que me inmovilizó y…»- Con las siguientes palabras Tamara bajó un poco el tono de voz, como si sintiese vergüenza. -«Volví a ver la sombra del hombre. Podría jurar que era el mismo».

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Todos nos quedamos en silencio hasta que Felipe interrumpió. -«Yo he leído varias historias similares, e incluso creo que hay un documental al respecto, se llama parálisis del sueño. Al parecer no tiene explicación aún, pero la mayoría de las personas coinciden con los mismos síntomas y hasta afirman tener las mismas visiones.»-

Justo al terminar esta frase, se abrió la puerta de golpe y entraron dos mujeres. Una de ellas respiraba con dificultad y se notaba seriamente alterada. Venía hablando con una de las jefas del equipo y, de repente, casi gritando, le dijo: -«No lo vi más. No logré encontrarlo, se perdió entre la niebla».- Su voz se quebró en las últimas palabras y respiró profundo para evitar echarse a llorar. -«Dijo que escuchó que alguien lo llamaba y salió corriendo. Intenté perseguirlo pero desapareció. Como si la niebla se lo hubiese tragado.»-

Al parecer no fue el único caso, como tampoco lo fue el grito desgarrador de la mujer que escuché la primera noche. De madrugada se escuchaban gritos provenientes de todos lados y era imposible dormir, aunque esto solo duró las primeras tres noches. Luego era todo silencio. No sé que era peor, si los gritos o el silencio sepulcral, los dos eran lo suficientemente incómodos como para conciliar el sueño.

Durante los siguientes días,  cada vez más y más comercios amanecían cerrados. Varias personas en la empresa fueron enviadas a casa por estar a punto del colapso. Entre ellas, una chica que había pasado la noche trabajando para así evitar dormir. Incluso Tamara se había ido de la ciudad. Finalmente a todos nos enviaron a nuestras casas, hasta nuevo aviso.

Esa noche me fui directo a la cama, pero a pesar del cansancio no lograba dormir profundamente. Comencé a tener un sueño extraño, todos esos días había soñado cosas absurdas, al principio pensé que era solo estrés, pero a este punto ya estaba pensando que era más que eso. Muchas veces mis sueños ni siquiera se sentían míos. No reconocía los lugares ni a las personas, era como estar soñando en la cabeza de alguien más.

En mi sueño estaba en un cine y la gente lloraba, imagino que por la película, no lo sé. El llanto de la gente me distraía. Luego, el llanto se transformó en quejidos que tal vez provenían de la primera fila, no estaba segura. Abrí los ojos y pude seguir escuchándolos un par de segundos más, como si me hubiesen seguido fuera de mi sueño. Tal vez aún estaba soñando. Sentí de nuevo que no podía moverme, pero ya se estaba haciendo habitual, así que solo me concentraba en mi brazo y cuando lograba moverlo, el resto del cuerpo reaccionaba.

Coloqué la mano frente a mi boca para exhalar. Nunca he identificado en sueños sentir frío o calor, así que para probar si estoy soñando, en lugar de un pinchazo, intento sentir el calor de mi aliento, pero en ese momento alcé la cabeza y por un segundo vi una sombra salir rápido del cuarto. Sucedió tan deprisa que no estaba segura de si realmente lo vi o lo imaginé. Encendí la luz. Corrí a la sala y después de revisar que cada habitación estuviese vacía y llegar a la conclusión de que lo había imaginado, cerré la puerta principal con llave y regresé a mi cuarto.

Me asomé por la ventana y aunque la niebla no era tan espesa como la noche anterior, aún se encontraba allí y solo dejaba ver un rango de una o dos cuadras. Dejé la luz encendida y no logré dormir más hasta que amaneció.

Y ella amaneció con nosotros…

Durante las siguientes noches los sueños cambiaron. Más que sueños eran recuerdos, especialmente de mi infancia. Incluso a veces soñaba con personas que había olvidado. Mi maestra del pre-kinder, el señor a quien le compraba golosinas en la esquina de la calle donde viví hasta los 10 años, una compañera de la escuela de danza a la que asistía de pequeña y, a veces como una constante… aparecía mi madre, pero siempre distante, o entre la multitud o caminando.

Mi despertador no sonó o no lo escuché, lo cierto es que desperté una hora más tarde de lo usual. Luego recordé que era domingo o tal vez no. Ya no estaba segura.

Al abrir el refrigerador lo encontré casi vacío y decidí ir al supermercado. Me coloqué el abrigo más grueso que tengo, más por la niebla que por la temperatura, tomé el carro de las compras y salí a la calle. Definitivamente era domingo, pues no había absolutamente nadie, ni siquiera el guardia del edificio, aunque ya me estaba acostumbrando a su ausencia.

Solo al llegar a la puerta del supermercado me di cuenta de que estaba cerrado. Comencé a caminar para ver si tenía suerte y encontraba algún comercio abierto. Nada.

A la distancia venia un hombre arrastrando una maleta de ruedas detrás de él. Al aproximarse más, reconocí a mi amigo Lucas, pero él solo miraba el suelo. Cuando estuvimos más cerca lo saludé, pero sólo alcancé a decir: -«Hol..»- Él cambió inmediatamente de dirección y comenzó a caminar en sentido contrario. -«Lucas ¿a dónde vas?»- Le pregunté. Él sólo respondió, entre murmullos: -«Me tengo que ir. Me tengo que ir. Me tengo que ir.»- Y seguí escuchando que repetía eso mientras se alejaba hasta que ya no pude escucharlo más y se perdió entre la espesa nube.

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Comencé a caminar de regreso a mi casa, arrastrando el carro de las compras detrás de mí. Al pasar frente a un vidrio que reflejaba mi imagen me di cuenta de mi semejanza con Lucas arrastrando su maleta y comencé a caminar más rápido. No encontré a más nadie de camino a casa.

No volví a salir en varios días. Ya no tenía ganas de salir. Las pesadillas/recuerdos continuaron.

Un día la niebla desapareció. Simplemente despertamos y se había ido. El sol brillaba en un cielo azul y su luz parecía hacer brillar a toda la ciudad. Se escuchaba el sonido del tráfico a la distancia y el graznar de las gaviotas que hacía mucho tiempo no escuchaba.

-«Buenos días»- Me saludó el guardia que cuidaba la entrada del edificio mientras se apresuraba como siempre a abrirme la puerta. -«Qué tenga un lindo día»- Se despidió como siempre mientras cerraba la puerta tras de mí. -«Igualmente.»- Respondí tal vez no lo suficientemente alto, pues aún estaba extrañada por su presencia.

Las calles, las personas, el tráfico… todo parecía normal. Llegué al trabajo y todos mis compañeros estaban allí, hablando como cualquier día normal. Incluso saludé a Lucas en el corredor cuando se dirigía a su oficina.

Nadie mencionó la niebla. Posiblemente todos estábamos aliviados porque por fin se había ido o porque teníamos miedo de que al mencionarla volviese a aparecer. De cualquier forma, las pesadillas habían quedado atrás.

Salí a dar un paseo en mi hora de almuerzo y mientras caminaba bajo ese radiante sol del mediodía, noté que no era caliente como solía serlo. Incluso podría prescindir del abrigo que llevaba puesto, puesto que tampoco sentía frío. Llevé mi mano a la boca para exhalar.

Nota:

El país se conmocionó por lo acontecido. Hubo un día de duelo y se hicieron ofrendas al mar en las localidades vecinas. Por mucho tiempo el paso estuvo cerrado hacia Viña del Mar, hasta que la nube desapareciera y los niveles de radiactividad disminuyeran.

Aún se busca la causa del accidente y por supuesto a los culpables. No hay ningún rastro de radiactividad en zonas aledañas así que muchas teorías apuntan al mar. La única explicación posible es que hubiese algún buque lo suficientemente cerca de la costa cargando con el material que causó la catástrofe.

Algunas cámaras de seguridad que fueron rescatadas del lugar muestran una nube que vino del mar y comenzó a cubrir al pueblo la madrugada del domingo 5 de marzo de 2018. Las pocas personas que transitaban por la calle murieron inmediatamente. La niebla los cubría por completo y por eso el resto de las personas, al ver venir la espesa nube, no percibieron el peligro.

Debido a la hora, la mayor parte de los habitantes de la localidad se encontraba en sus casas durmiendo. Tal vez demoraron más en morir y al final lo hicieron en sueños.

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